El biogás: ¿energía verde o nueva amenaza para el mundo rural?
Últimamente se habla mucho del biogás como una de las grandes apuestas para la transición energética. Sobre el papel, suena bien: aprovechar los residuos orgánicos —purines, estiércol, restos agrícolas— para generar energía limpia. Pero la realidad, sobre todo en los pueblos, no parece tan sencilla.
En Cataluña, según una noticia reciente de El País, la Generalitat quiere triplicar la producción de biogás hasta 2030. Y para ello plantea construir una docena de nuevas plantas cada año. Sin embargo, este impulso ha generado una gran preocupación en el mundo rural, especialmente en zonas como Lleida, donde vecinos y alcaldes empiezan a levantar la voz.
Lo que se vive en muchos pueblos es una sensación de decisiones tomadas desde los despachos, sin escuchar lo suficiente a quienes viven día a día en el territorio. Las asociaciones locales denuncian que estos proyectos se promueven desde fondos de inversión ajenos al entorno, que ven el biogás como negocio más que como herramienta de desarrollo sostenible.
Y no les falta razón para inquietarse: más tráfico de camiones, olores, impacto visual y la posibilidad de que las plantas acaben reforzando modelos ganaderos intensivos que ya ponen en jaque la calidad ambiental. Al final, el riesgo es que lo que se vende como “energía verde” se convierta en una nueva fuente de presión sobre el medio rural.
Algunos municipios han reaccionado rápido, como Bellcaire d’Urgell, que ha decidido parar temporalmente las licencias para este tipo de instalaciones. Otros piden algo tan básico como planificación territorial y participación ciudadana real. Y es que no se puede hablar de sostenibilidad si no se cuenta con las comunidades que sostienen el territorio.
Personalmente, creo que el debate del biogás simboliza muy bien la encrucijada del campo: queremos avanzar hacia un modelo energético limpio, pero no a costa de convertir nuestros pueblos en zonas industriales. La clave está en hacerlo desde dentro, con proyectos pequeños, locales y cooperativos, donde la energía se quede en el territorio y beneficie a quienes lo habitan.
Porque si algo hemos aprendido en el medio rural es que no hay futuro verde sin pueblos vivos.
